
El Señor Campano era muy desdichado, todo el mundo se reía de él por su aspecto, el nombre tampoco le ayudaba claro.
Los niños se burlaban y le perseguían por las calles cantando rimas y haciéndole muecas.
Nadie hablaba con él, nadie le conocia.
Un día estaba tan triste que cogió su acordeón salió a la calle y tocó una melodía tan triste que partió el alma de todos los que estaban a su alrededor.
Entendieron que por su aspecto no habian intentado conocerle y que el Sr. Campano era terriblemente desdichado.
Una niña que estaba junto a él cuando tocaba, se metió la mano en el bolsillo y sacó una bola roja que brillaba, mirando a los ojos al Sr. Campano, dijo:
-Siento señor que nuestra ignorancia le haya hecho tanto daño, le doy un trocito de felicidad para que la lleve consigo allá por donde vaya.
El Sr. Campano no pudo evitar su emoción y le dijo:
-No te preocupes niña, el solo hecho que te hayas acercado ya es mi trocito de felicidad.